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dimecres, 23 de gener del 2019

Nº 287. Cuentos del Sahara: El Maharrero

En Joaquim Mateu a finals de l'any 2013. Toni Pérez; Lluís Auroux; J. Mateu i Floren Fadrique.
La última foto que tenim d'ell

Aquest és el segon conte d’en Joaquim Mateu Sanpere que publiquem. El primer va ser una vivència seva en tota l’extensió de la paraula; en va ser un dels seus protagonistes.

En aquest segon conte, en Joaquim va ser un dels oients del conte que va explicar el caporal Mahfud als components del campament en mig del terreny desèrtic però, a més de transmetre'ns el que va sentir, ens fa una bona introducció de l’ambient militar, de la flora dels voltants i dels costums. També ens explica la tasca que feia: recollir fauna, minerals, fòssils, i les seves observacions. Tampoc, en aquest cas, tenim referències de la data, que possiblement també podria ser entre els anys 1941 i 1945. Quan al lloc dels esdeveniments tampoc en tenim cap dada, tot i que hauria de ser dins la zona indicada en el mapa
Mapa inclós en l'article de l'estudi dels caràbids. El lloc probable hauria de ser per a la part superior del mapa 

Estic convençut que en Joaquim s’ha recreat amb literatura pròpia a la part central del conte, quan l’Emhámed està buscant “sbáa” (lleó) perquè l’ajudi. Els paratges que descriu són explicats amb termes físics i geològics que, molt bé, podrien ser de la seva collita. O així m’ho sembla…


Com a complement, s’insereix a l’inici, una petita part del seu treball entomològic (de 164 pàgines) sobre els coleòpters caràbids del “Sahara Español”, en el que, com a introducció, ens explica les zones on va treballar entre els anys 1941 i 1945, on també podem conèixer amb qui col·laborava i dins de quins estaments estava "treballant”, paraula no adequada, ja que millor podríem dir que… estava gaudint de la seva recerca! 

Mantenim l’escrit en castellà, segons està a l’original. Mínimament s’ha corregit gramaticalment per adaptar-ho a les normes actuals. Es va publicar a la revista EOS XXIII, 1947  164 pp + 5 làmines

Mantenim l’escrit en castellà, segons està l’original. Mínimament s’ha corregit gramaticalment per adaptar-ho a les normes actuals.

CUENTOS DEL SAHARA:  EL MAHARRERO (1)


(1) Los "maharreros" son, entre los saharianos, los artesanos que se dedican a toda clase de oficios manuales, siendo por este motivo despreciados y considerados como una casta aparte)


Poco antes del “mogreb” (Oración de la tarde), al atardecer de un día tibio y tranquilo, llegamos al campamento de regreso de un largo paseo por los alrededores, paseo que, como siempre, había sido pródigo en resultados: Insectos, plantas y fósiles del desierto llenaban por completo el zurrón. Los interesantes materiales recogidos y las no menos interesantes observaciones realizadas, henchían nuestro espíritu de alegría y optimismo. La labor había sido buena, y la satisfacción de haber cumplido a conciencia nuestro deber justificaba esta euforia.

Una vez acondicionado el fruto de nuestras pesquisas, nos acercamos al grupo formado por los “áskaris” (Soldados indígenas) de la escolta, quienes, anticipándose, tenían preparado ya un confortable sitial, arreglado con varias mantas y azaleas para que pudiésemos saborear el té de ritual tumbados cómodamente. El sol estaba en su ocaso y sus oblicuos rayos llameaban vivamente en el horizonte en una espléndida apoteosis de luz.
Sus destellos, sin embargo, apenas llegaban a la “grara” (Depresión del terreno en donde se acumula arcilla y el agua después de las lluvias originando una vegetación más densa que la de los alrededores) en donde estábamos acampados desde hacía unas horas, por impedirlo la tupida vegetación arbustiva que nos rodeaba.

La brisa de la tarde, perfumada por los efluvios del “exdari” (Rhus oxyacantha, nombre indígena de un arbusto muy útil por su madera dura y compacta), en flor, y por el penetrante aroma, un tanto exótico, de las flores de ciertas compuestas pintadas de azul, adormecía los sentidos cual maravillosa bálsamo vertido por las manos de alguna saharauilla de aterciopelados ojos, profundos y brillantes como las noches de enero. La hoguera crepitaba, y la vieja cafetera colgada sobre las ascuas barboteaba entre humaredas y silbidos su jadeante runruneo de vieja asmática. En el centro del corro la bandeja de cobre, bruñida por la arena y por el sol, lanzaba opacos reflejos dorados que se descomponían, al espejarse en los vasos, en apagadas irisaciones tenues y agrisadas en medio de la penumbra que lentamente nos envolvía. A nuestra derecha, y en un claro de la vegetación, a contraluz, la absurda silueta de un camello recortándose sobre el cárdeno celaje del fondo comunicaba al paisaje un no sé qué fabuloso, de otros tiempos, ya muy remotos, perdidos en las nebulosas edades del pasado, En aquellas épocas otros muchos animales de formas extrañas y gigantescas como aquél recorrían, seguramente, lo que hoy es el mayor desierto del globo, barzoneando por sus praderas y dilatadas sabanas, iluminados por esta misma claridad crepuscular. El sol, ayer como hoy, inmutable y permanente, les enviaba al ponerse, la firme promesa de volver al día siguiente, y al otro, y así hasta la consumación de los siglos, ¿Quién sabe?, quizás, cuando, nuestro pobre planeta haya devuelto al caos lo que del caos ha salido. Helios seguirá enviando a la tierra desierta sus ya inútiles rayos de luz. Nada pues, ni hombres, ni animales, ni plantas, ni materia viviente alguna puede eludir este retorno al abismo y al no ser.

Sin embargo, hoy por hoy podemos aún gozar del efímero ensueño de la vida con sus pasajeros goces y sus largas amarguras, sin acordarnos siquiera que este sol que nos alumbra y calienta iluminará en breve nuestra tumba, ultima y definitiva morada de nuestro deambular por la tierra.

Duerman, no obstante, las remembranzas del pasado y las brumas de lo porvenir y dejémonos mecer por el recuerdo de aquella paz solemne y patriarcal, que solo puede gustarse hasta la saciedad en el mar sin límites de las llanuras saharianas donde se percibe, casi como algo tangible, material.

Mientras, la achatada esfera solar había transpuesto la lejana línea del horizonte. Los saharauis humillaban ya sus frentes en acto de adoración y reverencia al Supremo Hacedor del Universo todo. ¡Alah el kebir! ¡Alah el kebir! (Dios es grande). Lamento del alma mahometana! Estas palabras resuenan y se arrastran por el infinito desde el extremo occidental de África, junto a las aguas inquietas del Océano Atlántico, hasta la fabulosa Asia en el corazón de la jungla indostánica. Las miradas del Islam convergen hacia la sagrada ciudad de la Meca, símbolo y pilar de la religión musulmana, implorando del cielo el perdón, la piedad y la misericordia, gracia que todos los hombres sea cual fuere su nacionalidad, raza o religión, piden a Dios para consuelo de los males que afligen a la humanidad.

Terminado el rezo, la conversación se generalizó en nuestro reducido grupo. A la vez que se paladeaba el té en pequeños y ruidosos sorbos -única forma de ingerir la hirviente y azucarada infusión -, se comentaban a grandes voces (natural modo de hablar de los saharianos), los incidentes del día: Se discutía de camellos, de los pastos, de razzias, de combates ya pretéritos, y de los menudos problemas que constituyen la base de las tertulias saharianas. El corto crepúsculo característico de las regiones próximas a los trópicos, había dado paso a la suave obscuridad nocturna, y en el cielo, de un verde esmeralda muy profundo, se encendían, una tras otra, las titilantes estrellas. Igual que las lamparillas bajo las altas bóvedas de los templos veíaselas al principio, temblar convulsivas cual si fueran a apagarse por completo; luego, las llamitas se reafirmaban, los guiños eran más regulares y el brillo más intenso. Su luz tamizada por los vacíos espacios siderales, esparcía sobre la silente tierra una débil polvareda de plata. Después de los comadres siguieron los cantos, y a poco las voces guturales de los indígenas pusieron a prueba la resistencia de nuestros tímpanos. Solamente amortiguábase la baraunda cuando el Hebib entonaba una cancioncilla con dulce voz de falsete de un registro muy alto. Finalmente, cuando las melopeas del desierto cesaron de atronar los oídos, el cabo Mahfud, con su empaque de hombre de una “familia grande", nos anunció sin más preámbulos que iba a relatarnos para divertirnos una antigua conseja del Sahara, en la cual, la figura de un pérfido “maharrero” jugaba un papel principalísimo. Al mismo tiempo, el cuento, demostraría una vez más la mezquindad y malicia que son inherentes a tales individuos, repudiados, con razón, por todos los buenos musulmanes del Sáhara. Y empezó así:
“Hace muchos años (periodo de tiempo que para un saharaui puede abarcar lo mismo treinta años que trescientos), marchaba un “hassani” (Llámanse así los hombres de las tribus guerreras, descendientes, según ellos, de los Beni-Hasan, tribu de origen árabe que conquistó el Sahara) llamado Emhámed en dirección a un pozo innominado del sur del gran desierto. Hombre previsor, caso raro entre los nómadas, iba provisto de cuerdas de cuero trenzado para poder extraer con facilidad el agua de las profundidades del “bir” (pozo). Llegado que hubo al sitio en cuestión fue a dar una ojeada previa al pozo para preparar la instalación. Al asomarse al agujero, ¡Alah!, sus ojos contemplaron un espectáculo inaudito: en el fondo del “bir”, el “sbáa” (león), el “dbáa” (hiena), el “djibb”(chacal), el “hanisch” (serpiente), el “far” (ratón), y por último un ser humano, un “maharrero”, convivían en revuelta mescolanza. Al verle empezaron a suplicarle, todos a la una, que se apiadase de ellos y les sacase del pozo donde habían caído la noche anterior ¡Qué de promesas, qué de gemidos y ruegos!

Compadecido Emhámed de aquellos seres que en tan grave aprieto se encontraban, se dedicó acto seguido a rescatarlos de su prisión. El león fue el primero en salir a la luz del día -no en vano es el rey de los animales-. Muy emocionado dio las gracias a su salvador a quien manifestó que si en alguna ocasión podía serle útil, no dudase en recabar su ayuda pues quedaría en extremo complacido de poder demostrarle su gratitud. Al retirarse ya, le hizo esta advertencia: Saca a todos los que sufren en el fondo del pozo, pero recuerda: NO SALVES AL “MAHARRERO”.
Maharrero.   Foto: Hernández Gil, de internet
La hiena, el chacal, la serpiente y el ratón, fueron extraídos sucesivamente de las tinieblas. Todos sin excepción, le expresaron su agradecimiento y ofreciéronse al compasivo saharaui para cualquier momento en que su ayuda pudiese serle necesaria. También, con unanimidad de criterio, le aconsejaron que abandonase al “maharrero”, desconfiando de sus promesas y haciendo caso omiso de sus ruegos y demandas.

No obstante, el buen Emhámed no pudo resistir largo tiempo las súplicas del desdichado y al poco rato salía éste del pozo sano y salvo. Las demostraciones de afecto del tal individuo fueron múltiples; juró y perjuró que jamás olvidaría tan señalado favor, y que siempre más pediría al cielo le brindase una ocasión para demostrar su inmensa gratitud a su bondadoso bienhechor.

Pasó el tiempo, nuestro amigo Emhamed vivía feliz en su “jaima” (Tienda indígena de pelo de camello y cabra) rodeado de sus servidores y amigos bendiciendo a Dios por la tranquilidad y sosiego de su apacible existencia. Fiel cumplidor de las enseñanzas de Sidi Mohamed (Mahoma), cumplía el Corán al pie de la letra y así su vida, era manantial de paz y dulzura.

Pero como nada hay eterno en el mundo… Entre sus rebaños de cabras y ovejas empezaron a faltar diariamente algunas cabezas. Y la cosa no paró aquí, sino que fue en aumento de un modo alarmante. Por la mañana los despojos frescos de las víctimas indicaban la tragedia ocurrida durante las foscas horas de la noche: Los chacales habían celebrado un buen festín a expensas de sus reses. Inútiles fueron cuantas precauciones se tomaron; hombres y perros vigilaban atentos sin poder sorprender a los nocturnos visitantes que proseguían a más y mejor su destructora labor. Los días se obscurecían para nuestro amigo, el cielo parecía sordo a sus ruegos, y su corazón llenábase de pesadumbre.

Dispuesto a terminar con aquellas matanzas Emhamed salió al campo en busca del chacal a quien librara de la muerte. Hallóle al fin, y el chacal, gozoso al verle, se le acercó diciendo:

-Aquí estoy amigo. ¿Qué deseas de mí?

-Quiero, respondió el saharaui, que me ayudes a librarme de aquéllos de tus hermanos que se ceban en mis ganados, produciendo, por lo tanto gran perjuicio a mi hacienda.

-Lo haré gustoso replicó el “djibb”, pero para conseguir tus deseos necesitaré la ayuda de alguien fuerte y decidido. Tal vez el “dbáa” que conmigo cayó al pozo quiera
 ayudarnos, pues de otra forma yo no podría enfrentarme solo con todos los chacales que degollan tus ovejas.


Partió el animal y al poco rato regresó acompañado de la hiena. Emhamed rogó a esta secundase los planes del “djibb” para acabar con los depredadores de su ganado. Accedió complaciente el “dbáa” y puesto de acuerdo con el "djib” cayeron aquella misma noche sobre los chacales asesinos matando a los más audaces e imponiendo el respeto a los restantes, a quienes advirtieron que en lo sucesivo se abstuviesen de atacar los rebaños a de su amigo bajo pena de entendérselas con ellos. Y como la fuerza y el valor siempre se imponen, desde aquél momento cesaron para siempre las degollinas del ganado. La hiena y el chacal pagaron así la deuda de gratitud que contrajeron tiempo atrás con el generoso saharaui.


Nuevamente la estrella de la suerte brilló para nuestro amigo. Las lluvias vivificaron las resecas llanuras, y la hierba fresca y jugosa en-gordó presto a sus camellos, cabras y ovejas. La leche manaba a raudales de las hinchadas ubres; la cebada crecía y prometía una cosecha ubérrima; la caza se prodigaba por doquier, y los rebaños de gacelas, antílopes y avestruces pululaban por todo el desierto, El Sáhara vertía a manos llenas el cuerno de la abundancia y por todas partes la alegría y la prosperidad eran bien patentes. Desde la mañana hasta la noche el “Handulilah” (Alabado sea Dios) resonaba en todas las “jaimas”, incluso en las más humildes.


Pasados un par de años, la sequía causó terribles estragos en aquellas zonas. Los pastos se agotaron, los pozos se secaron, y el calor y la sed se adueñaron del Sáhara. Ni una brizna de hierba, ni un sorbo de agua en centenares de kilómetros cuadrados. El sol implacable calcinaba la escasa vida del desierto. De día en día el calor aumentaba y los ramalazos ardientes del “irifi” (viento cálido del sur) cubrían de arena los innumerables cadáveres de los animales, que víctimas del hambre y de la sed jalonaban, con sus carroñas y blancas osamentas, las desiertas rutas caravaneras como símbolos mudos de un inquietante más allá. El cielo luminoso de un azul aurado recortaba con cruda nitidez los tristes despojos de los que sucumbían a las terribles embestidas del desierto. Solamente se amortiguaba su brillo cuando el ventarrón caliente removía las inmensas nubes de arena de un color amarillo ocre, que en los atardeceres tornábase de un rojo sangre, antes que las sombras de la noche cubriesen la tierra con sus tintas oscuras que todo lo uniforman e igualan.


¡Pobres saharianos obstinados en vivir en un suelo tan árido y hostil! Unos años así, y todas sus riquezas desaparecen impotentes para impedirlo como se esfuman en la mente los recuerdos del pasado e incluso los del cercano ayer.


Decíamos, pues, que la sequía acabó con la paz y la tranquilidad de los habitantes del desierto, y, como tantos otros, también Emhámed quedó sumido en la mayor pobreza. Solo, abatido y sin objetivo en su vida, anduvo errante y hambriento hacia el Sudán en donde los daños producidos por la sequía habían sido menores. Cierto día, vagando por las cercanías del mar, vio a lo lejos un grupo de muchachitas negras que holgaban en la linde de la playa. Una de ellas especialmente sobresalía de las demás por la belleza y la pureza de sus formas, así como por la magnificencia de sus ropas y joyas que denotaban a primera vista la calidad y prosapia de su propietaria. A los pocos momentos la alegre muchachada despojándose de sus vestidos y aderezos y corría hacia el mar a disfrutar de las aguas tibias sobre las carnes jóvenes, tersas y prietas como el ébano pulido.

La ambición y el deseo se apoderaron del corazón del hijo del desierto. Misteriosos impulsos heredados de sus antepasados guerreros, héroes en cien correrías de pillaje y destrucción, renacían en él en forma violenta y perturbadora. ¡Si pudiese apropiarse de aquellas alhajas! Solamente con algunas rehacía de golpe su perdida fortuna. Mas… ¿Cómo hacerse con ellas sin ser visto y sin levantar sospechas? Largo rato estuvo sumido en tales cogitaciones hasta que una idea luminosa cruzó por su cerebro. Sin embargo, para ponerla en práctica era precisa la ayuda de un ser bravo, fuerte y poderoso, y, ¿Quién mejor para ello que su amigo el “sbáa” que tantas protestas de gratitud le hiciera cuando lo rescato de las profundidades del “bir”? Si el chacal y la hiena se portaron tan bien con él cuando los necesitó, fácil sería que el león no se quedase atrás en esta ocasión.

Animado por estos pensamientos se encaminó hacia los montes cercanos, sede del “sbáa”, y empezó a recorrerlos concienzudamente llamándole a grandes voces. Escaló las descarnadas cumbres, caóticos montones de obscuras rocas colocadas sin orden alguno, unas sobre otras, como prueba fehaciente de los trastornos geológicos de la corteza terrestre ocurridos en los albores de la historia de nuestro planeta. Visitó los profundos y escarpados valles, en el fondo de los cuales grandes cantidades de bloques desprendidos de las laderas yacían dislocados adoptando las formas más diversas y asombrosas. Tan pronto eran espeluznantes monstruos que parecían quererle aplastar entre sus pétreas moles, como lejanos castillos levantando al cielo sus ilusorias almenas, difuso todo por la superposición de las peñas y riscos, con un algo de fantasmagórico en su concepción, avivada dicha imagen, si cabe, por las columnas de arena que el viento que en loco torbellino presto impelía con furia sobre las supuestas fortalezas. En lontananza, el polvo en suspensión dibujaba siniestras volutas de un color amarillo turbio que vistas a distancia aparentaban brotar del atormentado paisaje. Algunas acacias de espinas blancas y de retorcido tronco salpicaban aquí y allá las tétricas vallonadas, acompañadas por la inevitable corte de resecas y esmirriadas matas de color uniforme, gris parduzco. Sus tallos desprovistos de hoja y erizados de largas púas mostraban el ambiente de aquellas inhóspitas regiones en la semi-penumbra de la tarde, a tono, ciertamente, con las turbias intenciones del infeliz Enhámed.

Cuando el sol descendía ya al ocaso, un alegre rugido advirtió al pícaro nómada la presencia del león. Después de saludarse con agrado, Enhámed le espetó a renglón seguido, las cuitas que le atosigaban y el remedio que había imaginado para poner fin a tan precaria situación, a cuyo fin necesitaba su incondicional ayuda. El león avino a prestársela y determinaron que al siguiente día darían el golpe que Enhámed tenía planeado.

Por la mañana se pusieron al acecho de las jóvenes bañistas, y cuando estas salieron del mar dando por terminado el baño, apareció el león rugiendo con ferocidad y azotándose furiosamente los flancos con su cola de serpiente. Las muchachas despavoridas huyeron en desbandada. Entretanto Enhamed, aprovechando la confusión de los primeros instantes, se apoderó de las joyas que habían quedado sobre la playa. Eran de oro. Al verlas el león le advirtió, para su buen gobierno, que en aquel país el uso del áureo metal era prerrogativa exclusiva de la familia del rey, debiendo procurar no le viesen con el oro encima, pues las consecuencias podrían ser fatales. Emhámed prometió ser discreto, y el “sbáa”, satisfecho de haber cancelado la deuda contraída tiempo atrás, regresó de nuevo a sus montañas donde tenía importantes asuntos que resolver.

Recordando las últimas palabras de su amigo, decidió Emhámed entrevistarse con el “maharrero” al que salvara la vida –cuya casa estaba en el poblado cercano-, para rogarle quisiera fundirle las joyas y convertirlas en un simple lingote, cosa menos llamativa y más fácil de esconder. Fuese, pues, a la casa del “maharrero” que pareció, por lo pronto, encantado al verle y contento de poderle prestar tan pequeño servicio. Por la tarde podría pasar a recoger el lingote.

Así lo hizo el saharaui, pero he aquí que al llegar a la casa del "maharrero" varios soldados del rey salieron del interior acompañados por el truhán, y le detuvieron antes de poder pensar en la huida.

-Este es el ladrón de las joyas de la princesa, gritó el “maharrero” detenedle y lleváoslo. Yo iré luego a palacio a recoger la recompensa ofrecida por el rey a quien descubriese al ladrón que robó las alhajas de su hija.

Emhámed quedó aterrado. Jamás imaginó una traición semejante. Ahora ¡ay! tenía que deplorar no haber escuchado los consejos del león, de la hiena y de los otros animales que sacó del pozo. ¡Cuánta perfidia! ¡Cuánta ingratitud! en el negro corazón del “maharrero”. Por un puñado de "kaulis” (Moneda antigua y en desuso) entregaba a la justicia a su salvador.

Sumido en tan penosas reflexiones fue llevado a palacio donde cubierto de cadenas y grillos tenía que esperar la terrible sentencia dictada por el rey. Su ambición le había perdido. Los bienes mal adquiridos no merecen la aprobación del cielo, y Alah se apartaba de él abandonándole a su triste suerte. Una muerte cruel al cabo de unas horas. Al despuntar la aurora pletórica de luz y de vida, todo concluiría para él; su cuerpo tornaría, a la tierra, pues de tierra y barro fue hecho; su alma…¡Oh vida, detente! ¡Oh sol párate!, dejadme empezar de nuevo, dejadme rectificar. No es justo que por un momento malo, por una traición todo termine y la muerte me anonade para siempre.

Al oír tales lamentos, un ratón que por allí correteaba se detuvo y mirando al prisionero a los ojos le dijo:

-Un día no muy lejano tú me auxiliaste librándome de la muerte horrenda que me esperaba en las profundidades de un “bir” perdido en el desierto. No he olvidado tu acción y de buen grado quisiera librarte del peligro en que te hallas. Dime: ¿Qué puedo hacer por ti?

-Ratón buen ratón, tu alma es blanca y mejor que la de muchos de nosotros; si pudieses avisar al “hanisch” que contigo estuvo en el pozo y explicarle mi apurada situación, estoy seguro de que hallaría algún medio para librarme de este aprieto. Ya sabes que las serpientes son sabias y prudentes.

Marchó el ratón reapareciendo al poco rato acompañado del “hanisch”. Este reptó hasta el hombro de Emhámed y suavemente le silbó al oído: -Escúchame con atención: A estas horas el príncipe heredero duerme la siesta en sus habitaciones tendido sobre mullidos almohadones; la guardia, amodorrada por el calor, dormita también, y los esclavos comen su frugal yantar. Aprovecharé, pues, este momento para introducirme en la cámara y me colocaré con sigilo encima del príncipe, de modo que mi cabeza quede sobre su rostro. Cuando entren a despertarlo me verán los criados, pero por miedo a que yo hinque en su cuerpo mis venenosos colmillos, se abstendrán de llamarle o de tocarme tan siquiera. Habrá gran revuelo en palacio. Entonces tú di a los guardianes que conoces la manera de que yo abandone la estancia sin causar daño alguno al príncipe, si bien para lograrlo necesitas el seso de un “maharrero”. Inútil decir que si salvas al joven príncipe, el rey su padre te perdonará y colmará de honores. Por otra parte, yo no me moveré hasta que me des un pedazo de seso del “maharrero” que te ha vendido. De este modo quedarás vengado y ya jamás el traidor podrá causar daño a nadie.

Todo se realizó como el “hanisch” había previsto. Pregoneros reales recorrían las plazas y callejas anunciando que si alguien conseguía librar al príncipe del peligro mortal en que se hallaba, el rey le nombraría alto dignatario de la corte, además de concederle la mano de una de sus hijas.

El arrepentido Enhámed llamó a sus guardianes comunicándoles su intención de salvar al príncipe. Acto seguido fue llevado a presencia del rey e hincado de rodillas respetuosamente le expuso su plan. El monarca se avino a probar lo dicho por Emhámed, no sin antes advertirle que de fracasar la muerte entre espantosos suplicios sería el pago. Si, por el contrario, conseguía salvar la vida de su hijo muy amado, le perdonaría y cumpliría lo que sus soldados pregonaban.

Pidió nuestro amigo el seso de un “maharrero”, y al momento fueron detenidos todos los de la ciudad. Mataron al primero, y Emhámed cortando un pedazo de seso se lo ofreció a la serpiente. Esta denegó con la cabeza. -No quiere este seso, dijo Emhámed, que maten a otro. Sacrificaron, pues, al siguiente y a varios más, hasta que le llegó el turno a su enemigo cuyo seso se comió el “hanisch” con avidez, que desapareció a los pocos instantes por una grieta de la pared. ¡El príncipe se había salvado!Poco tiempo después celebráronse las bodas de Emhámed con la princesa, y desde entonces vivió para siempre en paz, rodeado de hijos, riquezas y honores.

Y aquí concluye el cuento de Mahfud.

Los “áskaris” chasquearon la lengua en señal de aprobación, y sus chasquidos parecían decir: Cualquiera se fía de un “maharrero”, si hasta el más ruin de los animales es mejor que todos ellos.

Luego el silencio planeó otra vez sobre nosotros. Las estrellas, brillantes como nunca, parpadearon asombradas. El aroma de las flores era más y más penetrante, y la brisa nocturna refrescaba el cálido ambiente. Silencio, silencio profundo en la noche sahariana, solamente interrumpido, de tarde en tarde, por el manso rumiar de los camellos o por el tímido canto de un grillo que alteraba.

¡Calma pura edénica y reconfortante después de los trajines del día!

Sumergido en la dulce lasitud del momento busqué la moraleja de la ingenua historieta relatada por Mahfud con su ronca voz. Era curioso, pero no podía menos que recordar con cierta simpatía a los vilipendiados “maharreros” que tan despreciados se ven por la comunidad musulmana. No, no son tan malos como dicen los saharauis. A fin de cuentas, ¿qué sería de estos sin su inapreciable ayuda? Véase si no ¿Quién construye las cómodas y fuertes “rahlas” (Monturas de camello)?, ¿Quién labra la plata y el cobre, suprema delicia de la coquetería sahariana?, ¿Quién curte las pieles, confecciona sandalias, adorna los cuerpos con polícromos colores y variados dibujos, y trabaja la madera y el hierro? En resumen ¿Quién provee a los saharauis de todo aquello que constituye el ajuar doméstico y sus equipos de caza, guerra y pastoreo? El “maharrero”. Los hijos del desierto con su proverbial desprecio por los trabajos manuales propios de los “maharreros”, esclavos y mujeres, son incapaces de procurarse los más elementales instrumentos de utilidad o de adorno. Si es cierto que en algunas ocasiones cometen aquellos alguna picardía, no menos cierto es también que nadie hay en el mundo exento de defectos y tentaciones, y los “maharreros” no son realmente mejores ni peores que cualquier hombre, moro o cristiano, esclavo o liberto.

FI
El primer full de l'original d'en Joaquim Mateu

divendres, 28 de desembre del 2018

Nº 284. Contes d’en Joaquim Mateu: El "Mektub"

Joaquim Mateu al Hoogar.  Foto: J. Mateu

En moltes ocasions hem parlat del Dr. Joaquim Mateu Sanpere (1921-2015) en aquest blog, però sempre s’ha tocat la seva faceta espeleològica i bioespeleològica. Hem de saber que també va tocar moltes altres disciplines: Entomologia; Botànica; Arqueologia; Etnologia; Fotografia… i també, tot i que, possiblement amb menys dedicació, novel·lista.


En una de les visites a casa del Dr. Mateu, al carrer de Còrsega, de Barcelona, ens va contar un fet que ell havia viscut al Sàhara, més aviat hauríem de dir que era un fet que ell va haver de patir. A mi em va causar una gran impressió per la cruel realitat d’uns fets que només passen als països poc dotats i a llocs on els ajuts poden estar a uns quants dies de camí.


Al cap d’un temps de la seva mort, el seu fill Giuliano va facilitar la consulta del fons fotogràfic i bibliogràfic que en Mateu havia deixat. Allà es van trobar, dins d’una carpeta, una mitja dotzena d’originals escrits a màquina, sota el títol general Cuentos del Sahara, i amb uns retocs afegits a mà i alguns dibuixos, el que ens pot portar a la suposició que en alguna ocasió els voldria editar.

Portada de l'escrit

Pàgina nº 1. Paper 220 x 320 mm

Un dels escrits, que ell els menciona com a contes, corresponia exactament a la història real que ens havia explicat personalment i és el nostre desitjo donar-lo a conèixer. És veritat que el tema d’aquest post no es correspon exactament amb el contingut i al motiu del nostre blog però, en aquesta ocasió serà un petit homenatge al Joaquim, un reconeixement a la seva faceta literària de contes curts.

Data de l’escrit: No hi ha cap data a cap dels escrits, però, amb molta seguretat es poden datar dels anys 1942 al 1945. Valgui un fragment de l’article d’en Xavier Bellés: Joaquim Mateu (1921-2015), tota una vida dedicada a l’estudi dels insectes, publicat a la revista Animal Biodiversity and Conservation 38.1 (2015) que edita el Museu de Ciències Naturals de Barcelona:

…el novembre de 1942, Mateu va començar el servei militar, que es va perllongar fins al juny de 1945. Val a dir que el servei de Mateu va ser extraordinàriament singular atès que, assistit pels seus coneixements d’història natural, va poder convèncer les autoritats militars per ser destinat al nord d’Àfrica com a naturalista adjunt al govern del territori Ifni-Sàhara, llavors espanyol. Rellevat de les tasques pròpiament militars, es va poder concentrar en l’estudi de la fauna, així com de la prehistòria, d’aquests territoris. Les prospeccions es van concentrar a les regions compreses entre l’Oued Draa, al nord, i l’Agûera, al sud, als territoris del Sàhara espanyol i Río de Oro…


A més, consultant les captures entomològiques del Mateu, l’any 1944 va estar per la zona dels fets.

Mantenim el text en castellà, tal com està l’original.

Zona dels esdeveniments

CUENTOS DEL SÀHARA

El "Mektub"

por Joaquín Mateu

(Nota: Mektub significa “està escrit”, referint-se a un fet determinat sobre el que no s’hi pot fer res per més que es vulgui)

DEDICATORIA: A la memoria del Teniente, de Aviación Juan Manuel Maclas y del soldado del Grupo Nómada de la Saguia el Hamra Abdelahe uld Mohamed, muertos trágicamente poco más de un año después de los acontecimientos que a continuación se relatan.


Tres días llevábamos acampados en Hauza y seguía sin noticias de Juan Manuel. En principio acordamos reunimos en la desembocadura del Uad Kesat, junto a las ruinas de Hauza, a los cinco días de nuestra separación en la Saguia el Hamra a la altura de Gor Lefreirina y anteayer expiró el plazo.


Su tardanza era de extrañar, pues si bien es verdad que el Sáhara es el país de los imprevistos, Juan Manuel es de los que no dudan en enviar un mensajero de ocurrir algo que le impida llegar en el día señalado.

Tan largo silencio me tiene malhumorado. Por si fuera poco el tiempo se encarga de alimentar este rescoldo comportándose malamente desde hace veinticuatro horas: El viento sopla frío y con intensidad del cuadrante Norte. A semejanza del "irifi" nubes de polvo y arena sacuden la puerta de mi tienda e invaden todos los rincones filtrándose por las rendijas. Imposible tragar la comida cocinada por Abdelahe, sobre los alimentos se deposita una espesa capa de arena que cruje entre los dientes. El pobre muchacho se atosiga procurando proteger la comida por todos los medios imaginables, ¡tiempo perdido! La naturaleza puede más que sus esfuerzos. Esta mañana he decidido llegarme hasta el derruido "ksar" de Hauza que se levanta en la cumbre de un cerro cercano. Desde luego he llegado, pero antes de las diez tuve que regresar con los ojos llorosos, irritados por el polvo y la cara cubierta de una magnífica pátina terrosa. Al atravesar el cauce del Uad Kesat percibí borrosamente a través de la tela azul del turbante que me protegía el rostro, los ricinos otrora verdes, quebrados por el viento, y como yo en aquellos instantes rojos por el polvo del desierto.


Me dio trabajo el encontrar el campamento. Una densa cortina ocre esfuma los objetos y relieves a menos de veinte metros de distancia. Fastidiado he desandado el camino mascullando imprecaciones contra los elementos desatados teniendo, a veces, que poner un paréntesis en mis maldiciones y levantando la punta del turbante escupir a favor del viento la carga de arena acumulada en mi boca y garganta.


Casi cegado llegué a la tienda de campaña, llamando a grandes voces a mi asistente, quién metido en la "benia" (Tienda de campaña que se usa en verano hecha con lienzos unidos) con los otros áskaris y bregando con ella para que no les fuese arrebatada por el viento no me oyó.


Grité varias veces y cuando por fin acudió tuvo que aguantar un par de gruñidos por la demora.

-¿Hay noticias del teniente? -Denegó con la cabeza-. -¡Hum! Prepara el té. Tengo la boca seca como el pajel de lija.

-Sí Mohandish, enseguida-. Para cambiar de ideas y en espera del té me entretengo en escribir estas líneas.

Abdelahe acaba de entrar con una pala en la que relucen un montón de carbones encendidos, luego ha traído la cafetera o «mágresch», la tetera y los vasos. De dentro de su kandora
militar (Especie de camisón) saca unos pedazos de azúcar. Cada vez que entra de la tienda se baja el turbante que de nuevo sube hasta los ojos al salir.


Ya todo listo saca el té y la hierbabuena de mí"tazufra"(Saco de cuero) de cuero policromado. Manipula con la tetera, el "magresch" y los vasos. Prueba la infusión para ver si está en su punto. A mí me divierte observarle por la gran seriedad que pone en estos menesteres. Evoca algo así como una ceremonia de ritual, intrigante y misteriosa. Sonriente me alcanza el primer vaso. Después se sirve el suyo. La rizada cabellera de Abdelahe se balancea de atrás adelante al sorber en el vasito, pues como todos los saharianos se complace en tomar el té casi hirviendo y parece deleitarse alsentir por su gaznate el líquido abrasador. Con los ojos entornados levanta la cabeza y sorbe con ruido.


Apuro el té con lentitud, luego el segundo y por fin el tercer vaso de rigor; como es costumbre en el Sáhara occidental.

-Es raro que el teniente no haya llegado aún...

-Cerca de la Raud el Hasch hay muchos campamentos y quizás el teniente esté vacunando allí -objeta Abdelahe.

-Puede ser, pero si esta tarde seguimos sin noticias enviaré al Hossain a la Raudat para que pregunte a los “paisanos” si saben algo del teniente.


-Dime Abdelahe -pregunto a mi asistente cambiando la conversación -¿Porqué al alcázar del Uad Kesat le llaman Hauza?

Mi pregunta le hace meditar unos instantes, luego en el tono grave y solemne que le es habitual cuando dice algo que juzga de importancia, responde:

-Tú sabes que Hauza, en hassanía, -es decir, en su idioma- quiere decir la preferida. Este nombre se lo dieron hace mucho tiempo a causa de los combates que las tribus del Sáhara tuvieron con los "nzaranis". (cristianos o mejor aún nazarenos). Pero de esto ya te digo que hace muchos años, antes que mis abuelos y los padres de mis abuelos...

-¿En la edad media?

-¿Y esto que es ?

-!Oh! nada, nada...continua. - Qué diantres sabrá Abdelahe de nuestras historias y de nuestros historiadores. -En verdad que mi pregunta escapó de mis labios antes de darme cuenta de la tontería.

-Pues bien, esos "nzaranis"(Literalmente “nazarenos, 
nombre que dan los árabes a los cristianos), -nombre que dan los árabes a los cristianos-, -prosigue el muchacho-, lucharon hasta ser vencidos al fin por los musulmanes. Sin embargo, las guerras por Hauza no terminaron y Tayakant y Erguibat (Tribus guerreras del Sahara occidental. Los "Suad" es una fracción de la confederación"Erguibat") pelearon largos años por su posesión. En los últimos encuentros, al parecer, cegaron con grandes piedras el pozo de agua dulce y cortaron las palmeras que daban sombra y dátiles. Lo que en tiempos fue un oasis quedó convertido en lo que ahora vemos: Un "ksar" derruido y algunas tumbas a su alrededor.


-¿Y quién ganó?

-Los Erguibat -responde Abdelahe con orgullo -son los mejores guerreros del Sáhara.


-Los"Suad" especialmente ¿eh? -pregunto con cierta malicia.


-Claro está Mohandish (Con esta palabra designan a los técnicos, ingenieros o especialistas en algo) -Y Abdelahe muestra su blanca dentadura al sonreír. (Él es"érguibat Suad").


A primeras horas de la tarde el viento decreció y pude salir de mi tienda a respirar un poco. Desde el campamento se divisaba ya la oscura silueta de Hauza encaramada en lo alto de una colina. No lejos de las tiendas los camellos desperezándose de las largas horas que durante los tres días de mal tiempo tuvieron que permanecer arrodillados haciendo frente al viento y a la arena, comenzaban a mordisquear las matas y arbustos de los alrededores, ramoneando despacio para saborear el polvoriento pasto antes de engullirlo.

Una media hora habría transcurrido, entretenido en mi paseo y en sacudir con el bastón las matas por el placer de ver aparecer bajo el manto de polvo que las cubría los colores verdes y gris-azulado de las plantas del desierto, cuando oí la voz del cabo Mahfud que me llamaba. Respondí y a los pocos segundos Abdelahe y Kahfud llegaron a mí corriendo.


-¿Que ocurre Mahfud?


-Mohandish, un paisano ha llegado al campamento y trae esta carta. Es del teniente -aclaró tendiéndome un sobre.


La carta muy concisa decía así:

“Sé que te extrañará mi tardanza, pero un accidente inesperado no me ha permitido llegar a Hauza en la fecha acordada. Ya te lo contaré cuando nos veamos. Ahora quiero vengas lo antes posible a Raud el Hasch en donde llevarnos acampados desde hace tres días, con todo el material de botiquín y medicamentos que tengas. No tardes. Un abrazo. Juan Manuel."


-¿Está todavía el paisano en el campamento?


-Sí.


-Abdelahe: trae tu camello y el mío, ensíllalos y prepara la"tazufra". Saldremos así que llegues.

-¿Es que le ocurre algo al teniente?


-El nómada se encogió de hombros.


-¿No sabes si él o alguno de sus hombres está enfermo?


Nueva negación del interpelado. Por fin se decidió a ser más explícito, diciendo:


-Al amanecer llegué al campamento del teniente. El sargento que le acompaña al enterarse de que debía pasar por Hauza me dio la carta. No vi al teniente y no sé nada más. Como soplaba mucho el viento aguardé unas horas para salir.


-Bien, Mahfud dale a este hombre té y azúcar para el viaje.


-Gracias, gracias señor.

Mientras metía mis cosas en el saco de cuero policromado ("tazufra"), no podía apartar de mi mente la carta de Juan Manuel. ¿Para qué o para quién necesitaría mi ayuda y botiquín?


A la salida del Uad Kesat tuvimos que prestar cierta atención a los camellos a causa de lo bacheado del terreno. A la velocidad que íbamos lanzados era fácil perder el equilibrio, ese equilibrio inexplicable para los que llegan al Sáhara por primera vez, que mantiene al meharista sobre su montura. Los animales excitados por la carrera y por los días de forzado descanso parecían compartir nuestra inquietud a través de ese algo inaprensible que a modo de corriente magnética se establece entre el jinete y el camello o caballo. Sin azuzarles corrían a grandes trancos.

Una hora escasa tardamos en cubrir al trote largo los dieciocho kilómetros que separan Hauza de Raud el Hasch.

El campo de Juan Manuel se hallaba a cosa de un kilómetro aguas debajo de la Saguía el Hamra.


Nos apeamos a una cierta distancia de la tienda gris de mi compañero de nomadeo y nos acercamos pisando un tapiz de asfódelos en flor, puestos allí por los soldados para evitar, dentro de lo posible, que el polvo se metiera dentro.

Penetré en la penumbra suave de la tienda de campaña. Juan Manuel estaba sentado en medio de un corro de saharianos sucios y desastrados. Por lo visto nada malo le ocurría. Debió darse cuenta de la expresión de alivio que experimenté al verle, pues echándose a reír exclamó:

-Bienvenido. Supongo que te has llevado un pequeño susto al leer mi carta pero...

-Caramba! pudiste escribir unas palabras aclaratorias. Llevaba tres días aguardándote -repuse un tanto amoscado.

-Bueno hombre no te enfades.

-No me enfado. Mas tu forma de decir las cosas... En fin, ¿puede saberse para qué me has hecho venir con tanta urgencia?

-Ahora te lo explicaré mientras nos tomamos una cerveza.

-¿Eh? ¡Cerveza has dicho!

-Eso es.

Silbé asombrado -Chico eres único. ¿Cerveza aquí...en medio del desierto?

Juan Manuel sonrió. Despidió luego a los moros que invadían la tienda y que se retiraron dejando tras ellos un olor a sudor y a grasa de camello rancia, muy poco agradable.

-¡Uf! vaya perfume -exclamé.

-Creí que ya te habías acostumbrado -replicó irónicamente Juan Manuel.

-Eso pensaba yo hasta hoy. Estos saharauis hace más de un verano que no se han lavado. Cierto que el agua es rara en el desierto, pero de todos modos…


Saalami entró con dos jarras de hierro esmaltado y una botella de cerveza. Mis ojos se posaron en ella con admiración y cariño. Atónito ante aquél milagro no he podido por menos de sentir una viva curiosidad.


-¿De dónde ha sacado tu teniente esta botella? -inquirí.

El asistente me miró con aire risueño sin rechistar, alzando las espaldas con aire del que nada sabe.


-Cuando salimos de Smara -bisiseó por lo bajo Juan Manuel, -pusiste el grito en el cielo al enterarte de que en las cargas iban algunas botellas de cerveza. Me sermoneaste de lo lindo y mentí al decir que no las llevaría. La verdad es que siguieron en el petate y ahora nos la beberemos muy a gusto hermanito. No mereces ni unas gotas por protestón.

-"Mea culpa" Juan Manuel. Un momento tonto lo tiene cualquiera. Mas… Ni aún con dos horas tienen suficiente tus soldados para cargar los camellos.

-Bebe y calla.

Aquella cerveza refrescada en la nevera saharaui (Un saco mojado colgado de una acacia y dentro las botellas; el viento se encarga del resto), en verdad era un deleite y la bebí con placer.


Apurada, mi jarra y calmada la sed insistí de nuevo: -Bueno, ¿Y para qué quieres mi ayuda y botiquín?

Repentinamente serio mi compañero murmuró haciendo caso omiso de la pregunta. -Trajiste el material ¿verdad?


-Pues claro que sí, pero...


-Ahora lo sabrás. ¡Saalami! -gritó -¿Está ahí el pequeño Mohamed? 


-Sí mi teniente.


-Entrarlo.


Momentos después Saalami y un nómada de edad indefinible introdujeron con cuidado a un muchachillo de unos diez años con una pierna vendada. El aspecto del niño era de una gran postración. Sus ojos negros brillaban mortecinos muy hundidos en las órbitas. Ni el color bronceado de la piel impedía ver la lividez de su rostro. La mirada del morillo me recordaba, yo no sé por qué, la de los corderos cuando entran en el matadero: Miran con terror y en el fondo quizás con resignación. Juan Manuel empezó a quitarle las vendas. En unas bateas agua con permanganato, pinzas, etc. Conforme desvendaban la pierna un olor nauseabundo y penetrante como el que exhalan los depósitos de cadáveres lo invadía todo. Un olor espeso, repugnante. Luego...Tuve que contenerme para no lanzar una exclamación de sorpresa. Lo que apareció al descubierto fueron la tibia y el peroné del muchacho mondos y limpios; por debajo de la rodilla la masa muscular era un simple colgajo de carne purulenta y casi desprendida del hueso cuyas extremidades aparecían negruzcas a causa de la necrosis que las corroía. ¿Aquél miembro mutilado y maloliente acababa de salir de un sepulcro ? ¿Pertenecía a un ser vivo o a un cadáver en estado de descomposición? El horror de la muerte física le teníamos delante nuestro con toda su inhumana crudeza y angustiosamente contemplábamos los dos huesos blancos emergiendo de la carne rota. La inanidad del hombre, el barro con que fue amasado por el Creador mostrábanse a mis ojos como una visión anticipada del final de los seres — de nuestro final en suma —. El lento pudrir de los cuerpos que yacen en la tumba. A cada instante era preciso ahuyentar las moscas que acudían al hedor de la putrefacción.

Sentía mi frente sudorosa, las sienes me latían y faltaba el oxígeno dentro la atmósfera viciada do la tienda.

-¿Qué te parece? -preguntó en voz baja Juan Manuel.

-¡Espantoso!


-Lo comprendo, a mí me ocurrió lo mismo cuando lo vi por primera vez. No esperas semejante cosa. Ahora, la herida está bastante bien -prosiguió diciendo Juan Manuel, mientras sus dedos ágiles limpiaban con algodones empapados en agua oxigenada las piltrafas de carne. -¡Figúrate como estaba antes! -¿Que le ha pasado al chico para que la gangrena se lo coma vivo? -pregunté. -Hace un mes lo mordió una víbora, la "leffa" que dicen ellos, en el pié. Claro cómo puedes suponerte le hicieron al niño todas sus bárbaras curas y en vista que no mejoraba los padres le llevaron a Smara. En el Puesto el sanitario indígena les aseguró que el muchacho no tenía salvación. Moriría en breve. Para consuelo les entregó unas vendas.


-¿Hace días que estuvieron en Smara ?


-Tres semanas.


-¡Qué brutos! ¿Y por qué no acudieron al médico del Aiun o de Tan Tan si el de Smara estaba de recorrido?


-¡Bah! creyeron al sanitario a pies juntillas. A mi llegada les encontré aguardando con resignación la muerte del pequeño. Por fórmula le aplicaban grasa de avestruz. Quince días después de la mordedura se le desprendió el pié completamente podrido... El "mektub", sabes...


-¡Que "mektub" ni qué diablos. Ese tío es idiota -exclamé con rabia.


-Sí, pero el fatalismo sahariano... -Y Juan Manuel se encogió de hombros frente a lo irremediable.


-No es justo matar a un niño de diez años por ese estúpido "mektub", Una vida joven, que empieza y truncarla así por ignorancia es imperdonable -comenté, sintiendo al mismo tiempo que el rencor me subía a flor de labio.

Terminada la cura y una vez vendada de nuevo la pierna mutilada, se llevaron a Mohamed a su " jaima" (
Tienda de los nómadas hecha con pelo de cabra y de camello). Juan Manuel se lavó las manos con la meticulosidad de un cirujano. El rostro de mi amigo en general abierto y alegre denotaba tristeza. Estaba preocupado. Por momentos Juan Manuel envejecía. Desde luego no era un pimpollo y había cruzado ya la raya de los cuarenta; unas canas plateaban sus sienes y alrededor de sus ojos grises algunas arrugas prematuras, ahora acentuadas por la preocupación y la pena.


-Bien ¿que piensas hacer?


Su respuesta me causó un gran desasosiego.


-Cortarle la pierna mañana, -dijo con voz dura.


No pude contener una interjección poco ortodoxa.



Al día siguiente empezamos muy temprano los preparativos para operar a Mohamed. Gasas y vendas, tijeras, pinzas y bisturíes hervían en marmitas de hierro. En una perola de regular tamaño prestada por una familia de los alrededores hicimos hervir una siniestra herramienta que en cualquier otro lugar hubiese resultado grotesca: Una vulgar sierra de mano que me daba escalofríos cada vez que la miraba. Con aquello teníamos que amputar la pierna al muchacho. La tienda de lona de Juan Manuel era el quirófano y la cama de lona la mesa de operaciones. Uno de nuestros áskaris ocupábase de oxear las moscas que conseguían penetrar por las rendijas de un gran trozo de gasa colgado a la entrada de la tienda a modo de puerta transparente. El día era gris, algo fresco, y afortunadamente sin viento.

Éramos observados con curiosidad por un grupo de nómadas llegados de los campamentos vecinos y estoy convencido de que llegaron hasta contar nuestras idas y venidas. A media mañana trajeron al enfermo. Abdelahe y Salaami — improvisados enfermeros —, le introdujeron en la tienda. Juan Manuel le inyectó aceite alcanforado y prontosil. Luego nos desinfectamos y vestimos ropa limpia. Había llegado el momento de actuar. Mi inquietud iba en aumento, pero por fortuna Juan Manuel manteníase sereno.


A través de la gasa de la puerta una claridad difusa llegada del exterior nos ofrecía un rostro demacrado, pálido como el de un cadáver animado tan solo por unos mortecinos ojos. No disponíamos más que de anestésico bucal. Y en lugar de extraer una muela tratábase de amputar un miembro. Las pulsaciones de Mohamed eran muy débiles y era evidente su estado de postración. Juan Manuel empezó a pincharle con la jeringuilla llena de anestésico para formar una corona alrededor de la pierna por encima del sitio donde pensaba cortar.


De repente tuvo que suspender las inyecciones. Una espantosa taquicardia se apoderó del niño: Ciento veinticinco pulsaciones por minuto. Juan Manuel me miró de soslayo y en su mirada adiviné la vacilación. Movió la cabeza con duda. Imposible luchar con éxito en tales condiciones. Pasados unos minutos angustiosos y tensos, el número de pulsaciones de Mohamed fue decreciendo. Ahora apenas se notaba el pulso. Mi camarada dio un respingo, y jadeando susurró con la voz ronca por la emoción:


-Es inútil. No quiero matarle. El muchacho se nos quedaría en las manos. Sin perder más tiempo volvió a vendarle y ordenó que lo llevaran de nuevo a su "jaima".


Salimos fuera. ¡Que fresco estaba el aire y que puro luego de haber respirado la densa atmósfera de la tienda de campaña!

El padre del herido se acercó a nuestro grupo. -¿No le cortan la pierna a mi hijo? -preguntó al sargento Fakala.



-Dile que no. -repuso Juan, Manuel antes de que el sargento nos hubiese traducido la demanda del viejo. -El chico está muy débil y por eso no me atrevo a operarle. Sin embargo, puede resistir un viaje a Tan Tan con probabilidades de éxito. Allí el médico tiene más recursos y podrá hacer algo. Aquí es imposible. Le daré unos comprimidos de sulfamidas para que se los dé cinco veces al día. Que no le quite el venaje; simplemente por las mañanas le empapará la pierna y vendas con unas botellas de líquido que llevará. Nada más. Todo estriba en que llegue a Tan Tan cuanto antes.

El sargento tradujo al sahariano lo dicho por Juan Manuel con gran lujo de ademanes y a grito pelado. No obstante, el buen hombre no quedó satisfecho y siguió insistiendo para que le amputáramos la pierna al chaval. -Dice -objetó Fakala -que el chico resistirá y que lo mejor es cortarle la pierna ahora mismo.

-¡Al diablo con los consejos! -exclamó Juan Manuel perdida la paciencia. -Ya he dicho lo que hay que hacer y basta. ¡Ah ! y que procure no actuar por su cuenta. Si me entero que ha llamado a un curandero y le pasa algo al niño se acordará de mí ¿entendido? El sargento afirmó con la cabeza y con gestos vehementes y mucha mímica se lo explicó al nómada.


Horas más tarde caminando hacia Hauza le dije a Juan Manuel que cabalgaba a mi lado con el ceño fruncido y la vista perdida en el horizonte: Me alegra en parte no haber operado al pequeño. Temía un desenlace malo. Además la carnicería que debíamos hacer era muy desagradable. 


-Sí, pero ahora Dios sabe lo que ocurrirá -contestó pensativo. 


-Puede llegar a Tan Tan, si el cretino del papá no se duerme. Ha resistido un mes.

 ¡Caramba!, bien podrá aguantar cuatro días más ¿No crees?

-Temo que el viejo cometa alguna barbaridad por su cuenta...


-¡Hum! Eso es posible, por desgracia.


El sol tibio del atardecer nos acariciaba y hacía dulce nuestra marcha. Atrás dejábamos la incógnita de una corta vida de diez años, segada acaso por ese "mektub" fatalista y arcaico.


Dos meses después de los hechos acabados de relatar llegué con mi gente a Smeil el Neirán en plena hamada del Dráa y en la ruta del Tisgui-Remz.

Tres semanas antes nos separamos de Juan Manuel por ser distintas nuestras misiones.


A poco de haber acampado un paisano se acercó a nosostros.


-¿Recuerdas a este hombre? -me dijo Abdelahe.


-Quién es?


-Uno de Ait Lahsen que nos conoce de Raud el Hasch cuando estuvimos con el teniente. -¡Ah! sí. Oye ¿Sabe algo del pequeño Mohamed?


 -Murió. Apenas les dejamos el padre llamó a un "maharrero" (Artesano indígena) y le cortaron la pierna, pero antes de terminar el niño había muerto.


-El “mektub". -convino Abdelahe con aire resignado.
Erg Chech Hassi, un paisatje com el del conte.  Foto: J. Mateu